Ocurre con la literatura como con el vino, que la mayoría solo calificará algo como bueno o muy bueno si son muchos quienes lo ven así, o si alguien con el prestigio suficiente lo ha calificado así antes.
Somos animales, por lo general, gregarios, más influenciables de lo que estamos dispuestos a admitir, incluso en nuestro fuero interno. La anterior opinión no presupone que lo desconocido, o lo que es poco o nada apreciado, sea bueno precisamente por ello; pero sí puede significar que, a veces, cierta calidad se esconde tras lo que todavía no se ha visto. Esto casaría bastante bien con la teoría anglosajona del «underdog«, que vendría a ser ese candidato no favorito en una competición, un torneo o un concurso. Ese desconocido que, ajeno a la presión por satisfacer las mejores expectativas de nadie en particular, cuenta con la ventaja de la libertad. La libertad de competir, crear, vivir o aportar, sin demasiadas pretensiones, pero desde la autenticidad.
La autenticidad es un valor frágil, porque bajo determinadas condiciones, es fácil que se pierda. Para un autor novel, esto puede suponer una ventaja, puesto que, al no competir con nadie, ni contra nada más que su propio criterio y nivel de implicación, puede quitarse cierta presión de encima.
Hace ya algunos años, un anuncio de televisión me impactó de una forma entre divertida y admirada. No recuerdo qué anunciaban, pero a cada producto o servicio cotidiano le adherían el adjetivo «normalito». Por ejemplo, las vacaciones, «normalitas»; la cena, «normalita», el vino, «normalito»… y así sucesivamente. De forma que cada producto iba etiquetado con dicha calificación, ocultando cualquier marca comercial. Eso me dio la traviesa idea de poner en práctica la teoría.
Me presenté en una de esas cenas veraniegas y concurridas —seríamos unos quince— con un par de botellas de vino compradas en uno de los supermercados más baratos. Las botellas eran de un origen muy poco habitual, de manera que era difícil que alguien pensara que ese vino de dos o tres euros la botella tuviera una gran calidad. Tapé las etiquetas con un cartel que anunciaba que el vino de cada una de las botellas era «normalito». Se veía claramente que cada botella era distinta, por lo que el sabor también sería diferente.
Los precios de los otros caldos superaban en mucho a los que yo traje. Pero casi todos creyeron que lo que yo trataba de hacer era esconder un par de joyas selectas, por lo que apenas si hubo alguno de los expertos catadores que dejara de ensalzar la enorme calidad y el exquisito sabor de unos vinos que, de otra manera, no habrían apreciado jamás.
No es necesario recordar la marca para imaginar que el precio de esos caldos, chileno uno y sudafricano el otro, hoy día, ya no será el mismo. Si el mero hecho de ostentar una determinada etiqueta ocasionó que la gente los encontrara buenísimos, esos vinos no podían haber sido tan malos. O bien, el marketing es un arte mucho más inteligente que el paladar. No cabe duda de que el paso del tiempo y los avances en el arte de la venta habrán aumentado el prestigio de esas mismas materias primas de manera exponencial. Bastará con un cambio de etiqueta, de «normalito» a «selecto.»

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