llamarse

La importancia de llamarse…

Son muchos quienes venden la piel del oso antes de cazarlo. Algunos lo dan por muerto antes de haberle disparado. Ocurre como con quienes menosprecian a otros porque no les gusta su apariencia, su supuesta falta de estatus o de popularidad. Y, sin embargo, a menudo están equivocados. De hecho,  el prejuicio es una conducta socialmente mayoritaria. 

Decía mi padre que los bibliotecarios eran seres de otro mundo, abstraídos de las reglas de éste, porque, entre otras rarezas, consideran que no importa el formato en el que esté contenida una obra o una creación intelectual de cierto mérito. A ellos les interesa el valor del contenido, la información en sí, no el continente o el envoltorio. No es que les dé igual manejar un incunable o una primera edición histórica, que un moderno libro de bolsillo; pero a algunos, casi. Porque saben que, en el fondo, lo importante es lo que pueda aportarnos esa información, lo que transmita esa historia, lo que se explica en ella, y cómo está contada, independientemente de cuál sea el soporte en el que la percibamos. Eso incluye, sin duda, el formato oral, hoy día conservado gracias al registro auditivo o audiovisual. Pero muchas personas, aprecian el arte según su prestigio social, que vendría a ser el envoltorio de la misma cosa.

Esa misma opera prima que primero desecharon o criticaron con dureza, luego dirán que ya contenía una promesa, designios de éxito y una calidad sublime, a la vista de cualquiera. Es sabido que fama y calidad, no siempre van de la mano. Como tampoco el éxito, el cual, si bien requiere esfuerzo, no siempre simboliza el mayor mérito o la mejor representación de las fenomenales capacidades del potencial humano.

A veces, uno se pregunta por qué determinados autores, o al menos, algunas de sus obras, no aparecen en las listas de los mejor valorados. Algo así trató de decirnos el genial Oscar Wilde, en su excelente comedia La importancia de llamarse Ernesto. Salvando las distancias, su mensaje final es: sé auténtico, lo sepan valorar los demás, o no. Porque a menudo, ni aquello que es tomado por muy bueno, es tan bueno; ni lo tenido por malo, o muy malo, es tan malo. Como el vino, en cuestión de gustos, la cosa va según los paladares. Y lo que a un paladar adaptado a lo áspero le puede saber dulzón, a otro paladar más sensible, puede semejarle de lo más ácido.

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